Vivimos en una sociedad con prioridades absurdas.
Buscando el futuro, derrochando el presente.
Nos enseñaron que más… siempre es mejor.
Pero olvidamos vivir.
Y en la búsqueda… nos quedamos vacíos.
Recuerdo tantos momentos bellos que quisiera haber habitado.
Recuerdo personas que jamás volveré a ver y hoy quisiera abrazar.
Recuerdo instantes únicos que di por sentado,
dejé pasar la magia…
porque estuviera donde estuviera, pensaba en lo que venía.
Estaba. Pero no presente.
Y sé que no soy el único.
Estamos en una búsqueda constante.
Y no es malo.
Lo malo es no entender que todo tiene su espacio.
Que debemos estar presentes en los instantes de nuestra vida.
Porque somos mortales.
Y esa mortalidad nos enseña que cada instante es único e irrepetible.
Pero a veces nos dedicamos tanto a buscar nuestros sueños…
que esos sueños nos condenan a no valorar el presente.
Quisiera regresar al día que no le di flores a mi esposa.
Al aniversario que olvidé.
A las veces que no le dije que la amaba.
A la llamada que no le hice a mi madre para preguntarle cómo estaba.
Al abrazo que no le di a un amigo.
¿Cuántos momentos perdidos…
por un sueño que todavía no alcanzo?
No se trata de abandonar los sueños.
Se trata de entender que todo tiene su espacio.
El día tiene 24 horas.
Y no pueden ser todas para lo que todavía no tienes.
Porque mientras vives en el futuro…
estás perdiendo el único tiempo que es real.
El de ahora.
No hay momento que se repita igual.
No hay día perdido que puedas recuperar.
No hay fecha olvidada que después puedas borrar.
Y sin embargo…
no fallamos a una reunión de negocios.
No nos saltamos una meta.
No dejamos pasar una oportunidad de crecer.
Pero sí olvidamos el aniversario.
Sí dejamos de llamar.
Sí dejamos de abrazar.
Porque aprendimos a vender nuestro tiempo
para el futuro que soñamos tener.
¿Y si dividiéramos ese tiempo?
¿Y si imagináramos el presente que queremos vivir
y los recuerdos que queremos cargar?
Cuando lo pones en perspectiva te das cuenta
de que todo lo que no vives en el presente
son los recuerdos que cargas en el pasado.
Y no hay nada más bello
que recordar… y sonreír.
Nos perdimos en lo complejo…
y dejamos de ver lo simple.
A veces basta una taza de café.
Un silencio compartido.
Una mirada que no necesita palabras.
A veces lo más simple…
es lo más real.
Nos obsesionamos tanto con alcanzar lo extraordinario,
que dejamos de ver lo que ya tenemos frente a los ojos.
La vida no está allá afuera.
Está aquí.
En esto.
En el instante que vives.
Y no solo buscamos el futuro…
sino que lo queremos perfecto.
Pero la perfección es un arma de doble filo.
Lo perfecto no existe.
Todo en este mundo tiene sus grietas,
sus dos caras,
su imperfección necesaria.
Lo imperfecto tiene alma.
Lo sencillo tiene verdad.
Lo pequeño… tiene belleza.
El día que entendí eso,
dejé de correr detrás del futuro,
y empecé a vivir el presente.
Porque lo perfecto no deja espacio a la emoción.
Lo simple… nos recuerda que aún sentimos.
Al final, cuando todo se apaga,
no recordamos los logros.
Los logros son vacíos que llenar —
siempre hay uno nuevo que buscar.
Recordamos los momentos simples.
Un abrazo sincero.
Una carcajada sin plan.
Un atardecer que te obligó a quedarte quieto.
Ahí es donde vive la felicidad.
En lo que no cuesta nada.
En lo que no se mide.
Al final, lo que sostiene nuestra historia…
son los instantes simples.
Así que baja la velocidad.
Apaga el ruido.
Vuelve a lo simple.
Porque lo simple…
son los recuerdos que nunca olvidarás. Yohany > Creador del Movimiento A Tu Manera
Comentarios
Publicar un comentario