Hay sueños que no olvidas. Este es uno de ellos.
Me quedé dormido y soñé con algo que hasta hoy me perturba la mente. Un niño pequeño haciéndome preguntas para las que yo no tenía respuestas. Más que una revelación, parecía de terror. Ese niño era yo mismo.
Les describo el sueño por si a alguien le sirve. Y ojalá que ustedes puedan responderle al niño que llevan dentro.
Me dice: —Hola, ¿cómo estás?
—¿Y tú quién eres? —le digo.
—Yo soy tú. ¿No te acuerdas de mí?
—La verdad, muy poco. Pero qué gusto verte.
—Sabes, me gustaría saber algunas cosas. Yo sigo en el pasado, pero tú estás en el futuro.
Sonrío. Es un niño, ¿qué puede preguntarme?
—¿Te acuerdas de aquellos sueños que teníamos? —me dice.
—¿Cuáles? Ya no recuerdo.
—Que soñabas con ser escritor, actor... Y muchas veces soñaste con hacer el bien y salvar al mundo.
Me quedé buscando en mi mente esos sueños que un día tuve. Y le dije: —No. La verdad no lo recuerdo.
—¿Cómo que no, si solamente repetíamos lo mismo?
—De veras que ya no lo recuerdo.
—Está bien —me dice—. Pero cuéntame, ¿qué hemos hecho en la vida? ¿Qué hemos creado? ¿Qué has hecho?
Me quedé pensando y le dije: —La verdad, no mucho.
—¿Cómo que no mucho, si queríamos ser superhéroes? ¡Queríamos salvar la tierra, cuidar los animalitos y ayudar a mamá y a papá! Y teníamos todo para hacerlo.
Tuve que admitirlo: en algún punto me perdí y olvidé los sueños.
—¿Pero por qué? —me preguntó de nuevo.
—Porque la vida es diferente a como pensábamos. Cuando creces tienes que trabajar para vivir, tienes que hacer lo que no quieres para poder sustentarte.
—Pero no entiendo, explícame. ¿Te debe quedar tiempo para hacer lo que deseábamos?
—Te juro que no. Trabajo muchas horas al día para ahorrar dinero.
—Pero por lo menos tienes dinero, has viajado, has conocido otros lugares. Vas a realizar tus sueños con todo lo que has reunido.
La verdad ni siquiera se me había ocurrido. Las cosas de adulto parecen diferentes a las de los niños.
—¿Cómo así? —me repite él.
—Hay algo triste que tengo que decirte. Cuando creces te das cuenta de que lo que soñaste deja de importar, porque sobrevivir se vuelve tu centro. Trabajas para lo que necesitas y no para cumplir tus sueños, entonces el mundo deja de tener colores y se vuelve gris.
—Pero el gris es lindo también.
—Es lindo ser niño, todo se ve hermoso a través de tus ojos. Pero para nosotros el gris es opaco y se siente como un peso insoportable. Los sueños no pagan la renta, los gustos ni las necesidades del día. Para nosotros todo se resume en una palabra: dinero. Así que vendemos el tiempo para tener más dinero. Después te das cuenta de que el dinero no alcanza, de que necesitas más para comprar cosas que realmente no necesitas, pero que te mantienen en el centro de la vista de todos. Y eso te hace sentir importante, porque no quieres ser una sombra que nadie tome en cuenta.
—¿Y eso para qué sirve realmente? —me pregunta.
Me quedé sin respuesta. Le dije: —La verdad, no tengo idea. He pasado tiempo siguiendo ideas sin cuestionar nada.
—Sabes, preguntas demasiado. Los niños no deben hacer tantas preguntas de adultos.
—Suenas como nuestros padres.
—Porque quizás ellos tenían razón.
—No creo que la tengan. He visto a mamá muchas veces llorando y a papá casi siempre enojado. No quiero que esa sea mi vida. Y yo no soy solo un niño, soy tú. Y me da miedo que no tengas respuestas para preguntas tan simples.
—¿Qué sabes tú de la vida? —le dije.
—Creo que más que tú, porque yo soy feliz con lo que tengo y tú necesitas más para ser feliz, y aun así no eres feliz.
—Tú crees que todo es tan simple. Pregúntale a otros adultos y verás que te dirán que eres un tonto.
—Yo no quiero preguntarle a otros adultos. Tú eres mi futuro y mi pregunta es para ti.
—En verdad, me causa mucha tristeza que no hayamos logrado nada de lo que queríamos.
—Lo sé. También a mí.
Y de pronto me pregunta:
—¿Y qué va a pasar con nosotros?
—No lo sé. Hace mucho no me hago preguntas, porque las preguntas incomodan y las respuestas duelen. Cuando eres niño quieres crecer, y cuando eres adulto quieres detener el tiempo, porque cada día te acerca a esa pregunta incómoda que llega cuando ya no hay tiempo: ¿qué he hecho con mi vida? ¿He sido feliz? Y nada duele más que no tener respuestas. La verdad, los adultos preferimos la anestesia, las justificaciones y los pretextos para no sentir que hemos perdido el tiempo.
—Qué triste —me dijo.
—Pero puedes cambiar eso. Todavía tienes tiempo.
Le respondí: —No lo sé. Acumulé mucho dolor en el camino. Empecé a esconder lo que sentía para no ser herido, y mientras lo hacía me fui volviendo cobarde. Dejé de perseguir el éxito por miedo al fracaso, empecé a estar de acuerdo con todos por temor al rechazo, le huí al amor para no ser herido, y dejé de pensar para ser incluido en ideologías en las que no creo, porque pensar diferente te aísla del mundo. Y yo no quería sentirme tan solo.
—"Pero yo no tengo esos miedos ni heridas, yo soy valiente como Supermán
—Tú no, porque estás en el pasado. Pero yo sí, porque soy tu futuro y todavía te falta mucho por vivir.
—Yo no quiero crecer así.
—Lo sé. Créeme que yo tampoco lo quería. Y hubiese dado lo que fuera necesario para que no tuvieras que pasar por esto, para que tuvieras una mejor vida, para que todo fuera diferente.
—Pero aún estás a tiempo para lograr lo que queremos. No te rindas.
Ahí empecé a pensar. Lo miré de frente, vi sus ojos llorosos y sentí que el mundo se derrumbaba a mi alrededor. Las lágrimas caían de mis ojos. Me sentí un cobarde al ver que era yo mismo quien rompía sus sueños, mis sueños. No pude más. Lo abracé y le dije:
—Olvida lo que te dije. Te prometo que voy a hacer todo por buscar los sueños que una vez tuvimos, la felicidad que no he encontrado y el propósito que en este instante no tengo. Te prometo que cuando llegues a este punto en el que hablamos tú y yo, todo va a ser diferente para ti.
—¿De verdad?
—Te lo prometo. Te lo juro. Eres lo más importante del mundo para mí porque tú eres yo. Y no quisiera ver que estas heridas te dañen.
Se abalanzó hacia mí, me abrazó y me dijo: —Gracias.
Empecé a llorar también. Le dije: —Cuídate mucho. Que cuando llegues aquí todo va a ser diferente.
Le di un beso y desperté.
Fue mejor que cien terapias.
A partir de ese momento no he parado de luchar, de buscar mi propósito, de perseguir mi sueño, de encontrar lo que quiero. Porque no quiero fallarle a ese niño que fui.
Y entonces comprendi que para no fallarle debo empezar a vivir a mi manera.
— Yohany · Creador del Movimiento A Tu Manera
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